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En Morena no se tolerarán gobiernos corruptos: Ariadna Montiel

Columnistas / René G. Martínez Bravo / 3 de mayo de 2026

La escena política nacional volvió a moverse este fin de semana, y no fue un movimiento menor. Desde el corazón político del país, en el World Trade Center, Morena envió un mensaje que va más allá de la simple renovación de dirigencia: se están preparando para lo que viene, y lo que viene no es poca cosa.

La llegada de Ariadna Montiel Reyes a la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional de Morena no es un relevo decorativo. Es, en términos políticos, un ajuste de maquinaria en plena marcha. Se trata de cerrar filas, ordenar la casa y, sobre todo, construir las condiciones para alcanzar una mayoría constitucional que les permita seguir empujando reformas de fondo en la segunda mitad del sexenio.
Porque el objetivo es claro: no solo gobernar, sino transformar con mayor profundidad. Y para eso necesitan números, pero también necesitan disciplina interna.

El mensaje que lanza Montiel es directo, sin rodeos y, hay que decirlo, necesario: en Morena no se tolerarán gobiernos corruptos. No es una frase nueva en el discurso político mexicano, pero sí es una que hoy cobra especial relevancia dentro del propio movimiento. Porque si algo ha quedado en evidencia en los últimos años, es que la apertura indiscriminada para sumar perfiles provenientes de otros partidos trajo consigo no solo estructura… sino también viejas prácticas.

Y aquí es donde entra la crudeza de la realidad: no todos los que llegaron entendieron el cambio. A muchos se les dio la oportunidad de reinventarse políticamente, pero como bien reza el dicho popular —y en política suele ser más cierto que incómodo—, chango viejo no aprende maroma nueva.

Morena creció rápido, quizá demasiado rápido. Y en ese crecimiento se colaron perfiles que entendieron el poder como botín y no como responsabilidad. Hoy, ese mismo partido reconoce —aunque sea de manera implícita— que necesita depurar, revisar y corregir.

La exigencia de que quienes aspiren a candidaturas en 2027 sean “impecables” no es un simple filtro electoral, es una advertencia interna. Es decirle a la militancia y a los oportunistas por igual que el margen de tolerancia se está reduciendo.

Pero la pregunta de fondo es inevitable: ¿habrá voluntad real para limpiar la casa?

Porque una cosa es el discurso y otra muy distinta la operación política. Denunciar malas prácticas dentro del propio movimiento implica tocar intereses, romper complicidades y asumir costos. Y eso, históricamente, ningún partido lo ha hecho con facilidad.

En paralelo, las reformas estatutarias aprobadas —como la digitalización de la militancia y el fortalecimiento del control electoral— revelan otro objetivo: consolidar el aparato. Modernizarlo, hacerlo más eficiente, pero también más centralizado. La incorporación automática de liderazgos estatales a la estructura nacional no solo fortalece la coordinación, también concentra decisiones.

Y en política, concentrar decisiones es concentrar poder.

Figuras como Citlalli Hernández, al frente de la Comisión Nacional de Elecciones, refuerzan ese control estratégico en la selección de candidaturas, un punto clave rumbo a los procesos electorales que se avecinan.

Morena no está improvisando. Está afinando su estructura para competir, ganar y, sobre todo, mantener el control legislativo necesario para avanzar su agenda.

Pero en este punto conviene hacer una pausa reflexiva: ninguna mayoría constitucional se sostiene solo con votos. Se sostiene con legitimidad. Y la legitimidad no se decreta, se construye todos los días, especialmente cuando se gobierna.

Si Morena realmente quiere consolidarse como un proyecto transformador, tendrá que demostrar que su lucha contra la corrupción no es selectiva ni discursiva, sino real y frontal, incluso cuando implique mirar hacia adentro.

Porque el verdadero reto no está en vencer a la oposición.

Está en no parecerse a ella.
Hasta la próxima
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