Al Momento-

Nada para celebrar este día del niño: Alberto Lara

Columnistas / René G. Martínez Bravo / 1 de mayo de 2026

La ciudad duele. No hay otra forma de decirlo sin que la frase se quede corta. Duele en el silencio de las calles, en la mirada cansada de las familias, en la impotencia que se acumula cada vez que la violencia vuelve a tocar la puerta… y esta vez lo hizo llevándose la vida de una joven estudiante: Camila.

No es un hecho aislado. No es “otro caso más”. Es una herida abierta que exhibe, con crudeza, el fracaso de quienes tienen la responsabilidad de garantizar lo más básico: la vida y la seguridad. Porque cuando una niña, un joven, un inocente cae, lo que se rompe no es solo una familia… se fractura el sentido mismo de comunidad.

La indignación no es gratuita. El reclamo es legítimo. Voces como la de Alberto Lara Bazaldúa resuenan con fuerza, cargadas de enojo, sí, pero también de una verdad incómoda: la incapacidad de las autoridades para contener una violencia que ya no distingue, que ya no se oculta, que ya no teme. A ese reclamo se suman organismos, cámaras y ciudadanos que han dejado de pedir explicaciones para comenzar a exigir respuestas.

Porque la ciudad no puede seguir ardiendo en esta normalización del horror.

Hoy Reynosa —y tantas otras ciudades— vive bajo una sombra que se ha vuelto cotidiana. Roba la tranquilidad, secuestra la esperanza y deja como saldo historias que jamás debieron escribirse. La muerte de Camila no solo enluta a su familia; desnuda una realidad donde la vida de los inocentes parece quedar a merced de la violencia desbordada.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿hasta cuándo?

Hasta cuándo el discurso sustituirá a la acción.

Hasta cuándo la estrategia será insuficiente.

Hasta cuándo la indignación ciudadana tendrá que suplir la ausencia de resultados.

Hoy no hay espacio para celebraciones afirmó en su reclamo Lara Bazaldúa. El Día del Niño se tiñe de luto, de rabia contenida, de una vergüenza colectiva por no haber podido proteger lo más valioso: a

nuestros niños y jóvenes, esos que deberían crecer ajenos al miedo, no aprendiendo a sobrevivir en él.
Camila ya no está. Y esa ausencia pesa más que cualquier palabra.

Su nombre no debe diluirse en estadísticas ni perderse en la indiferencia. Debe convertirse en memoria, en exigencia, en un punto de quiebre. Porque cada vida arrebatada por la violencia es también una cuenta pendiente del Estado.

Hoy el dolor se convierte en denuncia.

Hoy la tristeza se vuelve reclamo.

Hoy la sociedad, herida, levanta la voz.

Y no debería ser necesario gritar tanto para que alguien, por fin, escuche.
Hasta la próxima
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