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LA POLÍTICA PERDIÓ LA CORTESÍA Y LA OPOSICIÓN EL RUMBO

Columnistas / René G. Martínez Bravo / 2 de noviembre de 2026

La política, en su concepción más elemental, es el arte de gobernar, construir acuerdos, resolver diferencias y organizar la vida en sociedad. Su origen etimológico proviene del griego polis, que significa ciudad-Estado, y su esencia siempre ha estado vinculada con los asuntos públicos, la convivencia y el bienestar colectivo.

Sin embargo, entre la teoría y la realidad existe hoy una distancia preocupante. La política, entendida como instrumento de diálogo, negociación y construcción de consensos, parece haber cedido terreno ante la descalificación, la injuria, la mentira y las agresiones personales.

¿En qué momento el debate de las ideas fue sustituido por el intercambio de insultos?

Es cierto que la política nunca ha sido un escenario de santos. Las pasiones, las ambiciones y las diferencias ideológicas siempre han formado parte de su naturaleza. Pero una cosa es la confrontación de proyectos y otra, muy distinta, convertir la actividad pública en un espectáculo de golpes, empujones, gritos y descalificaciones.

La cortesía entre adversarios no significa complicidad, sometimiento ni renuncia a las convicciones. Significa entender que, por encima de las diferencias, existe una responsabilidad superior: representar a los ciudadanos y contribuir a resolver sus problemas.

Cuando quienes ocupan cargos públicos olvidan esa premisa, no solamente degradan su propia investidura; también deterioran la confianza de la sociedad en las instituciones.

Y aquí aparece una de las consecuencias más delicadas: el desencanto ciudadano.

Las nuevas generaciones observan a políticos que, en lugar de discutir soluciones para la inseguridad, el empleo, la salud, la educación o la pobreza, parecen más interesados en exhibir las debilidades del adversario, fabricar escándalos y ganar notoriedad a cualquier precio.

El ciudadano, mientras tanto, se pregunta para qué sirve la política si quienes la ejercen dedican más tiempo a destruirse entre ellos que a construir soluciones para la gente.

Esa decepción alimenta la apatía, debilita la participación y puede traducirse en abstencionismo. Cuando la ciudadanía deja de creer en sus representantes, la democracia pierde fuerza, porque ninguna elección puede considerarse plenamente saludable si la desconfianza termina alejando a los ciudadanos de las urnas.

Y en este escenario, la oposición tiene una responsabilidad que no debería ignorar.
Criticar al gobierno es legítimo y necesario. Fiscalizar sus decisiones, señalar errores, denunciar irregularidades y exigir resultados constituye una función indispensable en cualquier democracia.

Pero la crítica, para ser efectiva, necesita argumentos, pruebas y propuestas. No basta con atacar todos los días al adversario, repetir descalificaciones o apostar a que el desgaste del gobernante se traducirá automáticamente en votos.

La realidad política demuestra que golpear al adversario no necesariamente convierte al agresor en una alternativa confiable.

La ciudadanía no solamente quiere saber qué está haciendo mal el gobierno; también necesita conocer qué haría diferente quien aspira a sustituirlo, cómo resolvería los problemas y con qué equipo, capacidad y credibilidad pretende hacerlo.

La oposición necesita construir una alternativa, no limitarse a desear el fracaso de quien gobierna.

Necesita formar cuadros, identificar liderazgos con solvencia moral, presentar proyectos viables y recuperar la confianza de sectores sociales que hoy no encuentran razones suficientes para respaldarla.

Porque una candidatura no se vuelve competitiva por la cantidad de insultos que lanza, sino por la confianza que inspira, la capacidad que demuestra y las soluciones que ofrece.

Lo mismo aplica para quienes ejercen el poder: gobernar implica escuchar, corregir, rendir cuentas y entender que la popularidad no sustituye la obligación de entregar resultados.

La política no puede convertirse en una guerra permanente de egos, donde cada declaración busca humillar al contrario y cada desacuerdo termina en un enfrentamiento personal.

La democracia necesita oposición, contrapesos y crítica. Pero también exige responsabilidad, respeto y altura de miras.

Al final, los políticos podrán ganar una discusión a gritos, imponer momentáneamente una narrativa o conseguir unos minutos de atención en las redes sociales. Lo que difícilmente podrán recuperar, si persisten en esa conducta, es la confianza de una sociedad cansada de las mismas prácticas.

Porque la política no se dignifica destruyendo al adversario, sino demostrando que se tiene algo mejor que ofrecer.

Y quien aspire a gobernar debe entenderlo de una vez por todas: los ciudadanos no están obligados a elegir entre quienes se insultan; merecen representantes capaces de debatir, proponer, resolver y cumplir.

De lo contrario, mientras los políticos se empeñan en ganar sus batallas personales, la democracia seguirá pagando los costos de una confrontación que poco tiene que ver con el verdadero arte de gobernar.