MORENA: LOS FUNDADORES, LOS ADVENEDIZOS Y LA HORA DE LAS DEFINICIONES
Columnistas / René G. Martínez Bravo / 11 de octubre de 2026
En política, como en la vida, una cosa es tener antigüedad y otra muy distinta tener capacidad. Y en Morena, donde algunos presumen haber estado desde el primer día, mientras otros llegaron cuando el movimiento comenzó a conquistar el poder, esa diferencia empieza a convertirse en motivo de inconformidad, reclamos y, por supuesto, de jaloneos por las candidaturas.
Los llamados fundadores se quejan de que las dirigencias no los toman en cuenta. Alegan méritos, años de lucha, sacrificios y lealtad a un proyecto que, aseguran, ayudaron a construir cuando todavía no era negocio electoral subirse al barco de la transformación.
Y algo de razón pueden tener.
Porque no es lo mismo haber caminado cuando las posibilidades de ganar eran inciertas que aparecer cuando las candidaturas, los cargos y las posiciones de poder comenzaron a estar al alcance de la mano.
Pero aquí viene la otra cara de la moneda: haber fundado un movimiento no convierte automáticamente a nadie en candidato, funcionario competente ni garantía de buen gobierno.
La militancia tiene valor, pero no sustituye la preparación, la experiencia, la capacidad operativa, el conocimiento de la administración pública ni la habilidad para construir acuerdos y convencer a los ciudadanos.
En política, como en cualquier profesión, hay buenos, malos y extraordinarios perfiles. También los hay con experiencia, pero sin principios; con preparación académica, pero sin sensibilidad social; con carisma para conquistar simpatías, pero sin capacidad para resolver problemas.
Y, desde luego, están aquellos que tienen un talento especial para acomodarse donde mejor les conviene.
De esos tampoco faltan.
Por eso, si Morena pretende seleccionar a quienes habrán de representarlo, no puede hacerlo exclusivamente con la credencial de fundador, pero tampoco debería premiar el oportunismo de quienes descubrieron las bondades del movimiento cuando el poder dejó de ser una aspiración lejana.
Ni la antigüedad garantiza honestidad, ni la novedad acredita capacidad. Lo que debe contar es la trayectoria, el trabajo, los resultados y la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace.
EL BORRÓN Y CUENTA NUEVA NO ES CHEQUE EN BLANCO
Otro asunto merece atención.
En el camino de Morena se han incorporado personajes provenientes de otras fuerzas políticas, algunos con experiencia administrativa y electoral que puede resultar útil, pero también con antecedentes que obligan a revisar cuidadosamente sus trayectorias.
La experiencia no es pecado. Cambiar de partido tampoco constituye, por sí mismo, una falta de ética.
El problema aparece cuando alguien llega prometiendo una nueva conducta, hablando de transformación y presumiendo arrepentimiento, pero una vez instalado en el poder vuelve a las viejas prácticas que supuestamente dejó atrás.
Entonces, ¿de qué sirvió el cambio?
Si alguien ofreció honestidad y termina envuelto en señalamientos; si prometió lealtad y después traiciona; si llegó hablando de servir al pueblo y termina utilizando el cargo para sus propios intereses, no puede pretender que la militancia y los ciudadanos le extiendan un perdón automático.
Los señalamientos, por supuesto, deben investigarse y distinguirse de los hechos comprobados. Nadie debería ser condenado por rumores, pero tampoco puede utilizarse la presunción de inocencia como pretexto para evitar la transparencia y la rendición de cuentas.
Ahí está el verdadero desafío: abrir las puertas a quienes puedan aportar, sin convertir la inclusión política en una amnistía para las malas prácticas.
Porque cuando los hechos contradicen el discurso, la factura no la paga solamente el personaje cuestionado. También la paga el partido que lo postuló y el proyecto político que dice representar.
Y entonces aparecen las frases que sus adversarios repiten con evidente intención: «No son iguales, pero cómo se parecen».
Una expresión que puede ser propaganda, sí, pero que adquiere fuerza cuando las conductas de algunos funcionarios terminan contradiciendo los principios que enarbolaron para llegar al poder.
LAS ENCUESTAS NO DEBEN SER PATENTE DE CORSO
En este escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo enfrenta el reto político de impulsar una selección de perfiles congruentes con los principios de la transformación, donde la honestidad, la capacidad y el compromiso social no sean simples adornos de discurso.
La cuestión no es solamente quién aparece mejor posicionado en una encuesta.
Una medición puede reflejar reconocimiento, popularidad o intención de apoyo, pero no necesariamente acredita capacidad administrativa, experiencia política, honestidad ni compromiso con las causas sociales.
Por eso, si las encuestas forman parte del procedimiento de selección, deberían complementarse con una revisión seria de trayectorias, resultados, antecedentes documentados, experiencia y trabajo territorial.
Porque levantar la mano es muy fácil.
Lo complicado es demostrar que se tienen los méritos para asumir una responsabilidad pública.
Y todavía más difícil es ejercerla sin perder el rumbo cuando llegan las tentaciones del poder.
Morena necesita perfiles que sepan hacer política, pero también que entiendan que gobernar no significa repartir posiciones entre amigos, pagar favores o satisfacer los intereses de los grupos que impulsaron una candidatura.
La militancia merece reconocimiento; los ciudadanos, resultados.
Ambas cosas deben ser compatibles.
TAMAULIPAS: MUCHOS SUSPIRANTES Y DEMASIADOS INTERESES
En Tamaulipas, el proceso ya comenzó a mover las aguas.
Con las convocatorias para participar en la definición de coordinaciones de la transformación y la defensa de la soberanía, tanto en los ocho distritos federales como en los 43 municipios, la competencia interna comienza a tomar forma.
Y, como suele suceder, los aspirantes no serán pocos.
Habrá quienes lleguen respaldados por años de militancia; otros presumirán experiencia electoral, trabajo territorial, estructura y reconocimiento ciudadano. Algunos más confiarán en sus relaciones políticas, sus aliados y las recomendaciones de quienes tienen capacidad de influir en las decisiones.
Porque tampoco hay que pecar de ingenuos.
Los partidos políticos no son espacios libres de intereses. En ellos conviven grupos, liderazgos, compromisos y proyectos personales que, llegado el momento, pueden entrar en conflicto.
Las reglas formales importan, pero también importa cómo se aplican.
Y será precisamente en esa aplicación donde podrán observarse las diferencias entre el discurso de apertura y la realidad de las decisiones.
¿Se privilegiará la trayectoria o la cercanía con los grupos de poder? ¿La capacidad demostrada o la recomendación del padrino? ¿El trabajo de años o la popularidad coyuntural?
Son preguntas legítimas que solamente podrán responderse con decisiones concretas.
Porque, al final, los aspirantes pueden presumir sus méritos todo lo que quieran, pero serán los procedimientos y las determinaciones de las dirigencias los que permitan conocer cuáles criterios pesaron realmente.
EL VERDE TAMBIÉN JUEGA SUS CARTAS
Y mientras Morena organiza su proceso interno, la relación con el Partido Verde Ecologista de México merece una lectura aparte.
En el sur de Tamaulipas, donde convergen intereses políticos y aspiraciones municipales, comienzan a escucharse versiones sobre posibles diferencias en la distribución de posiciones y sobre la posibilidad de que el Verde busque competir por separado en algunos municipios.
Por ahora, esas versiones deben tomarse como lo que son: rumores mientras no exista una postura oficial que las confirme.
Sin embargo, el solo hecho de que aparezcan refleja una realidad conocida: las alianzas electorales no eliminan las ambiciones particulares ni garantizan que todos los grupos estén conformes con el reparto de espacios.
Morena tiene su militancia, sus aspirantes y sus grupos internos. El Verde tiene los suyos, con intereses que también buscará defender.
La pregunta es hasta dónde llegará la negociación y qué ocurrirá cuando las aspiraciones de unos choquen con las pretensiones de otros.
Porque una alianza puede presumirse sólida frente a las cámaras, pero su verdadera fortaleza se pone a prueba cuando llega la hora de decidir candidaturas.
Y si las diferencias no se resuelven mediante acuerdos transparentes, el riesgo de fracturas internas siempre estará presente.
EL FILO DE LA NAVAJA
Al final, habrá inconformes. Eso parece inevitable en un proceso donde muchos aspiran y solamente algunos serán seleccionados.
Pero una cosa es perder una candidatura y otra muy distinta sentirse dueño de un movimiento por haber llegado primero.
Los fundadores merecen respeto, pero no privilegios automáticos. Los recién llegados pueden aportar experiencia, pero no deben recibir un cheque en blanco. Las encuestas pueden orientar, pero no reemplazan la evaluación de una trayectoria. Y los padrinos pueden impulsar nombres, pero no deberían estar por encima de los principios que el partido dice defender.
La verdadera prueba para Morena en Tamaulipas no será cuántos aspirantes se registren, cuántos levanten la mano o cuántos presuman contar con el respaldo de algún personaje influyente.
Será demostrar que sus decisiones responden a criterios verificables y que quienes resulten seleccionados tienen algo más que relaciones políticas y ambiciones personales.
Porque si el movimiento termina reproduciendo las prácticas que durante años cuestionó, sus adversarios no necesitarán inventar demasiadas críticas: bastará con señalar las contradicciones entre sus promesas y sus resultados.
En política, los discursos pueden ganar aplausos, las encuestas pueden abrir puertas y los padrinos pueden acomodar piezas. Pero solamente los hechos pueden sostener la confianza ciudadana.
Y en Morena, donde tantos reclaman el mérito de haber llegado primero y tantos otros aspiran a llegar más lejos, ha llegado la hora de demostrar quiénes tienen trayectoria para representar un proyecto y quiénes solamente tienen prisa por ocupar una silla.
Porque una cosa es defender la transformación y otra muy distinta utilizarla como escalera.
Y ahí, precisamente, es donde la marrana tuerce el rabo.