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Cuando informar se convierte en linchar

Columnistas / René G. Martínez Bravo / 10 de octubre de 2026

Hay accidentes que terminan cuando llegan las grúas, se retiran los vehículos y las autoridades comienzan a levantar los peritajes.

Y hay otros que apenas comienzan ahí, cuando algunos pretenden convertir un hecho desafortunado en materia prima para el escándalo, la especulación y, peor aún, para el linchamiento mediático.

La noche de ayer, en el tramo del Libramiento Matamoros-Monterrey, en Reynosa, se registró un aparatoso accidente en el que participaron una camioneta Tahoe y una Chevrolet Equinox. Afortunadamente, de acuerdo con la información disponible, no hubo que lamentar personas con lesiones graves, aunque los daños materiales fueron considerables.

Entre las versiones recogidas en el lugar se encuentra la de testigos que señalan que la Tahoe, conducida por el arquitecto Eduardo López Arias, secretario de Obras Públicas, habría realizado una maniobra para evitar a otro vehículo que estuvo a punto de impactarlo, perdiendo posteriormente el control y chocando por alcance contra la Equinox, que terminó impactándose contra el muro de contención, mientras la Tahoe se proyectó contra un poste de alumbrado.

Hasta ahí tenemos un accidente.

Un hecho que pudo haber ocurrido a cualquier conductor, independientemente de su profesión, cargo público, filiación política o condición social.

Lo verdaderamente preocupante comienza cuando, sin contar todavía con un dictamen oficial, algunos espacios informativos convierten una hipótesis en una sentencia.

Porque una cosa es informar que ocurrió un accidente y otra, muy distinta, afirmar que alguno de los involucrados conducía bajo los efectos del alcohol o de alguna sustancia.

Eso no se puede establecer mediante fotografías, comentarios en redes sociales, videos descontextualizados, rumores de terceros o la imaginación de quien busca generar audiencia.

Para eso existen los peritajes, los exámenes correspondientes, los testimonios formales y las autoridades competentes.

Y aquí está una de las grandes responsabilidades que tiene el periodismo, particularmente en estos tiempos en que cualquier persona con un teléfono celular puede publicar, acusar y condenar en cuestión de minutos.

La libertad de expresión no significa libertad para inventar.

La crítica no significa licencia para difamar.

Y la búsqueda de audiencia tampoco debería estar por encima del derecho de cualquier persona a que se respete su presunción de inocencia y su reputación mientras no existan elementos objetivos que acrediten una conducta determinada.

Porque el daño de una acusación irresponsable no termina cuando la autoridad determina que aquella versión era falsa.

Para entonces, la mentira ya recorrió las redes.

Ya fue compartida.

Ya generó comentarios.

Ya llegó a familiares, amigos, compañeros de trabajo y adversarios políticos.

Y muchas veces, aunque posteriormente aparezca una aclaración, la rectificación jamás alcanza la misma velocidad ni la misma dimensión que tuvo la acusación.

Ese es el verdadero problema.

En el terreno político, además, la situación puede adquirir otra dimensión. Un accidente puede ser utilizado para golpear una trayectoria, desacreditar a un funcionario o alimentar narrativas que nada tienen que ver con las causas reales del percance.

Pero el periodismo serio no puede trabajar con deseos, filias, fobias ni intereses particulares.

Trabaja con hechos.

Y cuando los hechos todavía no están acreditados, lo responsable es decir precisamente eso: todavía no están acreditados.

Esperar el resultado de una investigación no significa encubrir a nadie.

Significa respetar el procedimiento.

Si los peritos encuentran responsabilidades, deberán establecerlas. Si existen infracciones, deberán determinarse conforme a la ley. Y si no existen los elementos para sostener una acusación, también deberá respetarse esa conclusión.

Porque la verdad no necesita atajos.

Y mucho menos necesita ser fabricada para conseguir likes, seguidores o visitas.

En tiempos donde la información circula más rápido que la capacidad para verificarla, quizá tengamos que recuperar una vieja regla del periodismo: primero comprobar y después publicar.

No al revés.

Porque detrás de cada nombre hay una persona, una familia, una trayectoria y una reputación.

Y destruirlas desde un teclado es muy fácil.

Lo verdaderamente difícil es tener la honestidad profesional para reconocer, antes de señalar, que todavía no sabemos toda la verdad.

Y mientras no la sepamos, lo más responsable es esperar.

Porque informar no es condenar.

Y el periodismo que olvida esa diferencia deja de servir a la verdad para comenzar a servir al escándalo.

Hasta la próxima

renovacion44@hotmail.com