La mentira como negocio y el suicidio de los medios
Columnistas / René G. Martínez Bravo / 4 de junio de 2026
Hubo un tiempo en que la palabra de un medio de comunicación tenía peso. Un tiempo en que una nota publicada en un periódico de prestigio, una estación de radio reconocida o una cadena informativa de alcance internacional era suficiente para dar por cierta una información. La confianza era su principal patrimonio.
Hoy, lamentablemente, muchos de esos medios parecen empeñados en dilapidar ese capital histórico.
La crisis que atraviesa el periodismo no es solamente económica o tecnológica. Es una crisis de credibilidad. Y la credibilidad se pierde cuando la verdad deja de ser el objetivo principal para convertirse en víctima de intereses políticos, económicos o ideológicos.
Lo ocurrido recientemente con la publicación del diario Los Angeles Times es un ejemplo alarmante de esa degradación informativa. Sin presentar pruebas contundentes, sin documentos oficiales y sin fuentes verificables ante la opinión pública, se difundieron señalamientos contra dos gobernadores emanados de Morena: Alfonso Durazo, de Sonora, y Américo Villarreal, de Tamaulipas.
Las acusaciones eran graves. Se hablaba de investigaciones, de supuestas vinculaciones con actividades ilícitas e incluso se afirmaba que el gobernador tamaulipeco se encontraba colaborando con autoridades estadounidenses bajo algún esquema de protección.
La noticia recorrió México en cuestión de horas.
Pero lo verdaderamente preocupante no fue solamente la publicación original. Lo más lamentable fue observar cómo decenas de medios nacionales, algunos de ellos con décadas de historia, replicaron la versión como si se tratara de una verdad absoluta. Sin verificar. Sin contrastar. Sin buscar la postura de los involucrados. Sin realizar la tarea elemental que distingue al periodismo de la propaganda: corroborar los hechos.
Fue un ejercicio vergonzoso de periodismo de copia y pega.
Un auténtico nado sincronizado de desinformación.
Lo que siguió fue lo que debió ocurrir antes de publicar. Los equipos de comunicación de ambos mandatarios desmintieron los señalamientos. Posteriormente, el propio Américo Villarreal apareció públicamente para rechazar categóricamente las versiones difundidas, afirmar que no existe investigación alguna en su contra y asegurar que su visa continúa vigente.
Más allá de simpatías o diferencias políticas, el punto de fondo es otro.
La obligación de demostrar una acusación corresponde a quien acusa
No a quien es acusado.
Cuando un medio abandona ese principio básico, deja de informar para convertirse en instrumento de una narrativa previamente diseñada.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con una parte importante de la prensa que durante años presumió ser referente de profesionalismo.
Lo más paradójico es que luego se preguntan por qué pierden lectores, audiencia y credibilidad.
La respuesta es sencilla.
Porque la gente ya aprendió a identificar cuándo le informan y cuándo intentan manipularla.
Porque el ciudadano común puede equivocarse una vez, pero no está dispuesto a ser engañado todos los días.
Porque la confianza tarda décadas en construirse y apenas unos minutos en destruirse.
La crítica al poder siempre será necesaria. Es parte esencial de cualquier democracia. Los gobernantes deben ser vigilados, cuestionados y exhibidos cuando cometan errores o actos de corrupción.
Pero una cosa es investigar y otra muy distinta fabricar sospechas.
Una cosa es denunciar y otra inventar.
Una cosa es periodismo y otra propaganda disfrazada de noticia.
Los medios que han decidido recorrer ese camino deberían entender algo elemental: cada mentira publicada es un clavo más en el ataúd de su propia credibilidad.
Y cuando la credibilidad desaparece, ya no importa cuántas rotativas tengan, cuántos portales administren o cuántos micrófonos controlen.
Simplemente dejan de ser referencia para convertirse en ruido.
México necesita medios libres.
Pero también medios responsables.
Y sobre todo, medios que recuerden que la verdad sigue siendo la única materia prima que no puede sustituirse sin destruir el oficio periodístico.
Porque cuando la mentira se convierte en negocio, el periodismo deja de cumplir su función social y termina suicidándose frente a los ojos de la sociedad.
Hasta la próxima
renovacion44@hotmail.com