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Encuestas: la nueva moneda del poder político

Columnistas / René G. Martínez Bravo / 28 de marzo de 2026

La política mexicana ha entrado en una etapa donde las reglas no están escritas en la ley, sino en la percepción. Y en ese terreno, las encuestas han dejado de ser simples herramientas de medición para convertirse en instrumentos de decisión, de legitimación… y también, hay que decirlo, de simulación.

Lo que inició como un método innovador dentro de MORENA —darle voz al “pueblo” para definir candidaturas— hoy se ha transformado en una tendencia que otros partidos, como el PAN, buscan replicar con urgencia, más por necesidad que por convicción. Las derrotas electorales no solo obligan a replantear estrategias, sino a reinventar mecanismos de selección que reconecten con una ciudadanía cada vez más distante de las estructuras tradicionales.

Pero aquí surge el dilema de fondo: ¿puede realmente ciudadanizarse una candidatura a través de encuestas?

La respuesta no es simple. Porque antes de que un nombre aparezca en un sondeo, hay un filtro inevitable: el de la estructura, el del grupo, el de quienes deciden quién sí y quién no entra en la boleta de opinión. Es decir, la encuesta no es el inicio del proceso democrático, sino una fase posterior que ya viene condicionada. Por eso, hablar de apertura total suena bien en discurso, pero en la práctica exige mecanismos claros, transparentes y verificables.

El futuro inmediato de la política —rumbo al 2027 y más allá— estará marcado por este modelo híbrido: partidos que simulan abrirse, ciudadanos que buscan espacios reales y figuras emergentes que intentan romper el cerco de las élites partidistas.

En ese contexto, nombres como Alberto Lara Bazaldúa comienzan a cobrar relevancia. No por imposición, sino por presencia. Porque en esta nueva lógica, quien aparece, quien es medido, quien es conocido, lleva ventaja. Y si algo tienen las encuestas —bien hechas— es que reflejan no solo intención de voto, sino niveles de posicionamiento que no se construyen de la noche a la mañana.

Sin embargo, el riesgo es latente: que las encuestas se conviertan en un instrumento de validación de decisiones previamente tomadas. Que se utilicen para justificar candidaturas en lugar de definirlas.

Que se manipulen metodologías, muestras o resultados para favorecer a perfiles “convenientes”.

Ahí es donde la exigencia ciudadana debe elevarse. No basta con aceptar el modelo; hay que vigilarlo, cuestionarlo y, si es necesario, confrontarlo.

El mensaje es claro: el tiempo político ya no corre, vuela. Y en esa carrera, quien no se mueve, quien no se posiciona, quien no construye narrativa, simplemente desaparece del radar.

Alberto Lara Bazaldúa parece entender esa lógica. Su confianza no es improvisada, sino resultado de una lectura anticipada del escenario. Sabe que hoy no basta con querer; hay que medirse. Y más aún: hay que ganar en la percepción antes que en las urnas.

Porque en la política del futuro —que ya es presente— las encuestas no solo miden la realidad… la construyen.

Hasta la próxima

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